domingo, 28 de septiembre de 2008

Cuentos de niños 5


Un niño de 10 años estaba parado frente a una tienda de zapatos en el camino, descalzo apuntando a través de la ventana y temblando de frío.

Una señora se acercó al niño y le dijo:

"Mi pequeño amigo, ¿que estás mirando con tanto interés en esa ventana?".

"Le estaba pidiendo a Dios que me diera un par de zapatos",

fue la respuesta del niño.

La señora lo tomó de la mano y lo llevó adentro de la tienda, le pidió al empleado que le diera media docena de pares de calcetines para el niño.

Preguntó si podría darle un recipiente con agua y una toalla.

El empleado rápidamente le trajo lo que pidió.

Ella se llevo al niño a la parte trasera de la tienda, se quitó los

Guantes, le lavó los pies al niño y se los secó con la toalla.

Para entonces el empleado llegó con los calcetines.

La señora le puso un par de los calcetines al niño y le compró un par de zapatos.

Junto el resto de pares de calcetines y se los dio al niño.

Ella acarició al niño en la cabeza y le dijo:

“No hay duda pequeño amigo de que te sientes más cómodo ahora".

Mientras ella daba la vuelta para irse, el niño la alcanzó de la mano y mirándola con lágrimas en los ojos contestó:

“¿Es usted la esposa de Dios?".

sábado, 27 de septiembre de 2008

Cuentos de niños 4



Una "lección para el corazón" es mi hija de 10 años,

Sara, quien nació sin un músculo de uno de sus pies

para lo cual usa un aparato todo el tiempo.

Un hermoso día de primavera llegó de la escuela y me

dijo que había competido en las carreras en los eventos competitivos de la escuela.

Debido al soporte de su pierna empecé a pensar

rápidamente en algo que decirle para darle valor y animar

a mi Sara, cosas que podría decir acerca de no dejar que

esto la desanimara pero antes de que yo pudiera decir algo ella dijo:"Papi gané dos de las carreras", ¡¡no podía creerlo!! Y después dijo:"Tuve ventaja“.

Ah, lo sabia. Pensé que debieron de haberla dejado correr

a la cabeza, primero que los demás.

Pero una vez mas antes de que pudiera

decir una palabra ella dijo: "Papi no me dejaron correr primero que los demás.

Mi ventaja fue tener que trotar más fuerte que los demás".


miércoles, 24 de septiembre de 2008

Cuentos de niños 3


Siempre que estoy decepcionada de mi vida,

me detengo a pensar en el pequeño Jamie Scott.

Jamie estaba intentando conseguir una parte

en una obra en la escuela.

Su mamá me dijo que el niño había puesto

su corazón en ello, aún así ella temía que no sería elegido.

El día que las partes de la obra fueron repartidas,

yo estuve en la escuela.

Jamie salió corriendo con los ojos brillantes,

con orgullo y emoción.

"Adivina que mamá" gritó, y dijo las palabras que permanecerán como una lección para mi

"he sido elegido para aplaudir y animar".

Cuentos de niños 2


Una niña de 4 años con su pediatra.

Mientras el doctor revisaba los oídos de la niña con el otoscopio, le preguntaba:

“¿Crees que encontraré al pájaro Abelardo ahí dentro?".

La niña permaneció en silencio.

Enseguida el doctor tomó el abralenguas

y revisó su Garganta.

El doctor le preguntó: “¿Crees que me encontraré al

monstruo come galletas ahí dentro?“.

De nuevo la niña no contestó nada.

El doctor puso el estetoscopio en el pecho de la niña. Mientras escuchaba su corazón le preguntó:

“¿Crees que escucharé a Barney ahí dentro?“.

"Oh no!“, contestó la niña, "Jesús está en mi corazón,

pero Barney está pintado en mis calzones!".

Cuentos de niños 1


La Maestra Debbie Moon's de primer grado estaba discutiendo con su grupo, la pintura de una familia. 

Había un niño en la pintura que tenía el cabello de color diferente al del resto de los miembros de la familia. 

Uno de los niños del grupo sugirió que el niño de la pintura era adoptado y una niña compañera

del grupo le dijo:

"Yo sé todo de adopciones porque yo soy adoptada".  

“¿Que significa ser adoptado?" preguntó otro niño

"Significa“, dijo la niña:

"que tu creces en el corazón de tu mamá

en lugar de crecer en su vientre".

 

domingo, 21 de septiembre de 2008

Enfermedad y los gestos sanadores


Hace algunos meses, me aquejaba un fuerte dolor de muelas: pese a estar más cerca de los cuarenta que de los treinta, una testaruda cordal –popularmente conocida como “muela del juicio”- se abría paso a través de mis encías.

La situación se prolongó durante una semana. A diario, inspeccionaba en el espejo las evoluciones de mi nueva pieza dental. De pronto, en plena madurez, experimentaba la maravilla de ver nacer algo nuevo en mi cuerpo: ¡mi encía estaba pariendo una muela! Pero, al mismo tiempo, los dolores que padecía por causa de aquel parto eran indescriptibles.

Sólo los calmantes conseguían atenuar mi malestar. Con los días, al taladrante dolor de la cordal se sumaron otros síntomas: aguda inflamación de garganta; mucosidad en la nariz; escalofríos; fiebre. La infección era obvia. Mi esposa y los compañeros de trabajo insistían en que consultase a un dentista. No obstante, una combinación de machismo tropical y ciega fe en que el problema tarde o temprano se resolvería por sí sólo –así como una explicable fobia a las manipulaciones odontológicas- me mantuvieron alejado de los consultorios.

Al séptimo día, aún me prodigaba en gargarismos, lavados y grageas calmantes –sin que mi situación mejorara. En búsqueda de ayuda metafísica, hojeé el clásico libro de Louise L. Hay “Sana tu Cuerpo”. Leí: “Problemas en los dientes: indecisión mantenida durante mucho tiempo”. Bueno, aquella cordal se había tomado casi cuatro décadas en salir… algo retrasada, como otras cosas de mi vida.

La afirmación (o decreto de poder) que Louise L. Hay recomendaba para sanar mi dolencia decía así: “Tomo mis decisiones basándome en los principios de la Verdad y descanso tranquilo sabiendo que en mi vida sólo obra la Recta Acción”. Confieso que la leí con poco entusiasmo (el dolor ofuscaba mis sentidos, tanto físicos como espirituales) y no volví a repetirla durante el resto del día. No obstante, la Verdad y la Recta Acción iban darme una grata sorpresa algunas horas más tarde.

Acudí a mi trabajo como suelo hacerlo a diario. Funjo como jefe de prensa en una institución cultural de la ciudad de Caracas. Aunque traté de sumergirme en la amena rutina de compilar resúmenes informativos, redactar gacetillas para los periódicos, diligenciar la publicación de avisos publicitarios, entre otras ocupaciones, mis síntomas se acentuaban. A las tres de la tarde, la fiebre me agostaba; francamente, me sentía como una piltrafa. Tomé un taxi, regresé al hogar. A las 3:30 p.m., me eché como un fardo en el sofá, hecho una sopa de dolor, sudor y escalofríos.

Aparte de mi deplorable estado, me preocupaba el hecho de que aquella noche debía hacer las veces de maestro de ceremonias en un importante evento. Claro, siempre podía llamar a un substituto, pero sucedía que me interesaba realizar aquella presentación porque quería conocer a un par de personalidades del cine y la música. Decidí que si me sentía igual de mal (o peor) a las 4:15 p.m. llamaría a un colega para que me supliera.

Dios me ha concedido la ventura de engendrar dos hijos maravillosos. El mayor (de seis años) se condolió de mí y se me acercó. “¿Qué te pasa, papá?”, preguntó. Melodramáticamente exclamé: “Me siento malísimo… ¡es que me duele una muela!”. Respondió: “Tú te vas a mejorar pronto porque eres el mejor papá del mundo” (cosa de la cual no estoy seguro, pero él sí) y empezó darme besos, besos y más besos. Al poco rato, mi hija pequeña –que tiene año y medio, pero ya sabe subirse al sofá- se me trepó encima para prodigarme cariños. Así yacieron sobre mí un buen rato, propinándome toda suerte de amapuches.

Tras aplicarme esa inocente terapia de ternuras, volvieron a sus juegos cotidianos.

Pasaron diez, quince minutos y yo seguía derrumbado en el sofá... inerme, como un árbol talado…

…y sin embargo…
…de repente…
…poco a poco…
…me di cuenta…
…¡qué no me dolía nada!

Pero lo que se dice nada de nada…

Siete días de achaques, escalofríos… ¡se esfumaron en un instante santo!

La molestia de mi garganta ya no pungía. Mi nariz se había despejado: respiraba con fluidez. Mi temperatura corporal volvía a la normalidad.

Atónito, me erguí y fui al baño; me inspeccioné en el espejo: allí seguía mi cordal, recordándome mi falta de juicio por no haber solicitado ayuda odontológica durante la última semana… ¡y por experimentar aquel alivio tan instantáneo, inexplicable, repentino!

Esperé hasta las 5:00 p.m. Me sentía cada vez mejor.

Me vestí. Acudí al evento: lo presenté con eficacia. Conversé con aquel par de personalidades que me interesaba conocer; me fue de maravilla. Regresé a casa: dormí como un lirón durante ocho horas, sin malestares físicos que perturbaran mi sueño… ¡y con la dicha de saber que el día siguiente era sábado!

Besos, abrazos, caricias, palabras afectuosas… gestos sanadores en su total inocencia, en su amorosa incondicionalidad: ante mi falta de fe, propia del adulto escéptico, la Verdad y la Recta Acción que Louise L. Hay me había anunciado llegaron a través del tierno contacto terapéutico de mis hijos.

Nos cuesta asumir que cosas tan simples como los besos, abrazos, cariños y palabras de amor nos puedan mejorar de enfermedades que nuestro organismo genero, y que a traves del amor se puedan remediar. Como reflexion, solo debemos enfrentar las cosas con mas amor, dar y recibir nos dara mejor salud, practiquenlo.

Ese Angel..........


Cuenta una leyenda de un angelito que estaba en el cielo, le tocó su turno de nacer como niño y le dijo un día a Dios:
- Me dicen que me vas a enviar mañana a la tierra. ¿Pero, cómo vivir? tan pequeño e indefenso como soy.
- Entre muchos ángeles escogí uno para tí, que te está esperando y que te cuidará.
- Pero dime, aquí en el cielo no hago más que cantar y sonreír, eso basta para ser feliz.
- Tu ángel te cantará, te sonreirá todos los días y tú sentirás su amor y serás feliz.
-¿Y cómo entender lo que la gente me hable, si no conozco el extraño idioma que hablan los hombres?
- Tu ángel te dirá las palabras más dulces y más tiernas que puedas escuchar y con mucha paciencia y con cariño te enseñará a hablar.
-¿Y qué haré cuando quiera hablar contigo?
- Tu ángel te juntará las manitas te enseñará a orar y podrás hablarme.
- He oído que en la tierra hay hombres malos. ¿Quién me defenderá?
- Tu ángel te defenderá más aún a costa de su propia vida.
- Pero estaré siempre triste porque no te veré más Señor.
- Tu ángel te hablará siempre de mí y te enseñará el camino para que regreses a mi presencia, aunque yo siempre estaré a tu lado.
En ese instante, una gran paz reinaba en el cielo pero ya se oían voces terrestres, y el niño presuroso repetía con lágrimas en sus ojitos sollozando.
-¡Dios mío, si ya me voy dime su nombre!. ¿Cómo se llama mi ángel?
- Su nombre no importa, tu le dirás: Mamá.

El reflejo de nuestro rostro


Hace tiempo, en un pequeño y lejano pueblo, había una casa abandonada. Cierto día, un perrito buscando refugio del sol, logró meterse por un agujero de una de las puertas de dicha casa. El perrito subió lentamente las viejas escaleras de madera. Al terminar de subirlas se encontró con una puerta se encontró con una puerta semiabierta, y lentamente se adentró al cuarto. Para su sorpresa se dio cuenta que dentro de ese cuarto había mil perritos más, observándolo tan fijamente como él los observaba a ellos. El perrito comenzó a mover la cola y a levantar sus orejas poco a poco. Los mil perritos hicieron lo mismo. Posteriormente sonrió y ladró alegremente a uno de ellos. El perrito se quedó sorprendido al ver que los mil perritos también le sonreían y ladraban alegremente con él. Cuando el perrito salió del cuarto se quedó pensando para sí mismo: "¡Qué lugar tan agradable, tengo que venir más a visitarlo!". Tiempo después otro perrito callejero entró al mismo sitio y al mismo cuarto, pero este perrito al ver a los otros mil perritos del cuarto, se sintió amenazado, ya que lo estaban mirando de una manera agresiva. Empezó a gruñir, y vio como los mil perritos le gruñían a él. Comenzó a ladrarles ferozmente y los otros mil perritos le ladraron ferozmente también a él. Cuando este perrito salió de aquel cuarto pensó: "¡Qué lugar tan horrible, nunca más volveré a entrar aquí!". En el frontal de aquella casa había un viejo letrero que decía: "La casa de los mil espejos". Los rostros del mundo son como espejos. Según seamos, así nos vemos.
Los demas nos veran como nuestro interior nos refleje, habiendo paz y amor en nuestro interior sera lo que nuestro ser emane y sera lo que recibiremos de los demas.

jueves, 11 de septiembre de 2008

La Esencia del Ser


Sabrás del dolor y de la pena de estar con muchos, pero vacío.

Sabrás de la soledad de la noche y de la longitud de los días.

Sabrás de la espera sin paz y de aguardar con miedo.

Sabrás de la soberbia de aquellos que detentan el poder y someten sin compasión.

Sabrás de la deserción de los tuyos y de la impotencia del adiós.

Sabrás que ya es tarde y casi siempre imposible.

Sabrás que eres tú el que siempre da y sientes que pocas veces te toca recibir.

Sabrás que a menudo piensas distinto y tal vez no te entiendan.

Pero sabrás también:

Que el dolor redime. Que la soledad cura. Que la fe agranda. Que la esperanza sostiene. Que la humildad ennoblece Que la perseverancia templa Que el olvido mitiga. Que el perdón fortalece. Que el recuerdo acompaña. Que la razón guía, Que el Amor dignifica... Porque lo único que verdaderamente vale es aquello que está dentro de ti, y por encima de todo esta Dios solo tienes que descubrirlo y así hallaras la verdadera Paz."

Juan XXIII

domingo, 7 de septiembre de 2008

Desde tus Pensamientos - Gandhi


Cuida tus Pensamientos...

Por que se volverán Palabras.

tus Palabras...

Por que se volverán Actos.

tus Actos...

Por que se harán Costumbre.

tus Costumbres...

Por que forjarán tu Carácter.

tu Carácter

Por que formará tu destino

y tu Destino será tu vida.

Gandhi

jueves, 4 de septiembre de 2008

El verdadero AMOR


Un hombre de cierta edad vino a la clínica donde trabajo, para curarse una herida en la mano. Tenía bastante prisa y mientras lo
atendía le pregunté sobre el motivo de su urgencia.

Me aclaró que tenía que ir a una residencia de ancianos para desayunar con su mujer que vivía allí. Llevaba algún tiempo en ese lugar y sufría de la enfermedad de Alzheimer.

Mientras terminaba de vendar la herida, le pregunté si ella se alarmaría en caso de que él llegara tarde esa mañana.

- No, me dijo, ella ya no sabe quién soy. Hace ya casi cinco años que no me reconoce.

- Entonces, le pregunté extrañado, ¿Y si ya no sabe quién es usted, por qué esa necesidad ir todas las mañanas y de llegar tan puntual?

Me sonrió, y dándome una palmadita en la mano, me dijo:

"Ella no sabe quién soy yo, pero yo todavía sé muy bien quién es ella".

Tuve que contener las lágrimas, y mientras salía pensé: "Esa es la clase de amor que quiero para mi vida; el verdadero amor no se reduce a lo físico o romántico, el verdadero amor, es la aceptación de todo lo que el otro verdaderamente es, de lo que ha sido, de lo que será, y de lo que ya nunca podrá ser".

Anónimo